Statements of the Director General

18 de mayo de 2007 | Madrid, España
"Universidad Politecnica de Madrid"

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La Seguridad Nuclear Hoy Día: el Contexto Mundial

por Dr. Mohamed ElBaradei, Director General del OIEA

A principios de este año, cuatro eminencias grises estadounidenses — Henry Kissinger, William Perry, George Shultz and Sam Nunn — con gran experiencia en estrategias de defensa y seguridad, declararon que confiar en la capacidad de disuasión de las armas nucleares es una actitud "cada vez más peligrosa y menos eficaz". Exhortaron a actuar con apremio para librar al mundo de las armas nucleares.

La semana siguiente, el Bulletin of the Atomic Scientists anunció que sus redactores habían aproximado las manecillas de su famoso Reloj del Juicio Final dos minutos más hacia la medianoche. "Desde que se lanzaron las primeras bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki", escribieron, "nunca había estado el mundo ante decisiones tan peligrosas."

Entre ellos, los científicos y los políticos, se ha formulado la pregunta fundamental a la que debemos dar respuesta: en tanto que comunidad internacional, en tanto que naciones y que individuos, ¿en qué clase de mundo queremos vivir?

Introducción: las amenazas nucleares en constante evolución

En los últimos años, las amenazas nucleares se han vuelto más peligrosas y complejas. Ha surgido el problema del comercio ilícito de tecnología nuclear. Algunos países han conseguido desarrollar programas nucleares clandestinos. Grupos extremistas bien organizados han mostrado enorme interés en adquirir armas nucleares.

Al mismo tiempo, se ha vuelto más difícil controlar los materiales nucleares y su producción. Las inquietudes por asegurar el suministro de la energía y el temor al cambio climático están haciendo que la energía nuclear resulte más atractiva. Ahora bien, ante esta situación más países están tratando de dominar el ciclo del combustible nuclear para asegurarse el suministro de combustible nuclear, y eso hace temer que, al dominar el ciclo del combustible - y, por consiguiente, poseer la capacidad necesaria para enriquecer uranio o separar plutonio - cada vez haya más países peligrosamente próximos a ser capaces de producir armas nucleares.

A eso se suma la amenaza de las armas nucleares que ya existen. Quedan aproximadamente 27 000 ojivas nucleares en los arsenales de nueve países. La confianza estratégica depositada en estas armas por estos países y sus aliados lleva sin duda a otros a tratar de adquirirlas. Y, naturalmente, los planes para reponer y modernizar esas reservas suscitan una actitud de cinismo entre muchos Estados que no poseen armas nucleares, los cuales creen hallarse ante una postura de "Hagan lo que les decimos, no lo que hacemos".

Ahora bien, en lo fundamental la inseguridad nuclear sólo es un aspecto de las varias inseguridades que aquejan hoy día al mundo. No es infrecuente contemplar como dirigentes del mundo de todos los continentes se retuercen las manos ante las múltiples amenazas que afrontamos en tanto que comunidad planetaria. Estas amenazas comprenden (y no es una enumeración exhaustiva) desde la pobreza galopante a la escasez de energía en distintos lugares, pasando por la actual crisis humanitaria de Darfur, la guerra civil de Iraq, el cambio climático, el VIH/SIDA y el terrorismo.

Lo más llamativo es que, casi sin excepción alguna, se trata de "amenazas sin fronteras". No puede resolverlas un solo país; por su propia índole, exigen respuestas mundiales y cooperación internacional.

También llama la atención que todas estas amenazas estén interconectadas. A menudo, la pobreza está asociada a violaciones de los derechos humanos y a la inexistencia de gobernanza. Estas situaciones dan lugar a un profundo sentimiento de injusticia, ira y humillación, que a su vez constituye un caldo de cultivo ideal de violencias de todos los tipos, desde el extremismo a las guerras civiles y entre Estados. Y es justamente en regiones asoladas por conflictos e inseguridad de larga data donde los países se ven llevados a buscar armas nucleares y otras armas de destrucción en masa, en procura de poder y seguridad.

No abrigo la menor duda de que la amenaza de las armas nucleares - como las amenazas de la pobreza, el extremismo o la guerra civil - no desaparecerá mientras no creemos un nuevo paradigma de la seguridad internacional que reconozca las relaciones que existen entre las amenazas que afrontamos y que tome plenamente en cuenta las inseguridades que padecen todos los países y pueblos y les busque remedio.

Los retos más generales en el campo de la seguridad

Desafortunadamente, nuestro actual paradigma de la seguridad es de miras estrechas y tiene una percepción distorsionada de las prioridades que está en la raíz de muchas de las amenazas e inseguridades a que debemos hacer frente.

El 40% de la humanidad vive con menos de dos dólares por día. Ochocientos cincuenta millones de personas se acuestan hambrientas todas las noches. Los expertos nos dicen que cada día mueren 20 000 personas - en su mayoría, niños - por causas relacionadas con la pobreza, como el hambre y las enfermedades transmitidas por el agua. Dicho de otro modo, simplemente son demasiado pobres para permanecer en vida.

Pues bien, a pesar de estas cifras horribles y de la desesperada necesidad de asistencia, los gobiernos del mundo gastan mucho más en armas bélicas que en asistencia externa para el desarrollo. Se gasta más de un billón de dólares al año en armamentos y menos del 10% de esta cantidad - en total, aproximadamente 100 000 millones de dólares - en asistencia externa. Además, las tantas barreras comerciales hacen que los países en desarrollo muy dificilmente puedan competir en el mercado internacional.

Nuestras prioridades distorsionadas también se reflejan en nuestro enfoque desigual de la inviolabilidad de la vida humana. Repetidas veces, cuando surge una tragedia, la comunidad mundial no está a la altura de lo que la situación exige. Un ejemplo palmario es la Guerra del Congo, en la que de 1998 a 2003 murieron 3 800 000 personas. Otro ejemplo doloroso todavía palpitante es la tragedia de Darfur, en la que centenares de miles de personas han muerto y millones han sido desplazadas mientras la comunidad internacional sigue discutiendo la magnitud y la composición de las fuerzas de mantenimiento de la paz que es preciso destacar al lugar.

Merece la pena hacerse la pregunta de por qué lamentamos menos esas vidas perdidas que otras. ¿Y por qué vamos a esperar que ellos sientan compasión por otros en la comunidad global? En Iraq, por ejemplo, poseemos un recuento exacto, con nombres y apellidos, de todos los soldados estadounidenses y británicos que mueren. Pero, hasta hace poco, en comparación apenas se ha hecho un pequeño esfuerzo para hacer el recuento de las cantidades mucho más elevadas de civiles iraquíes que mueren - los cálculos oscilan entre 50 000 y 700 000 —, y mucho menos aún para registrar sus nombres.

Otro indicio de la distorsión de que adolecen nuestras prioridades es nuestra incapacidad para resolver conflictos regionales que vienen de antiguo, como los del Oriente Medio, la península de Corea y el Asia meridional. En el Oriente Medio, el sometimiento del pueblo palestino a 40 años de ocupación no ha hecho más que aumentar la polarización y la militancia en el mundo árabe y musulmán. La inexistencia de paz en la península de Corea durante más de medio siglo ha dado lugar, entre otras cosas, a un aumento de la desconfianza y a que Corea del Norte haya desarrollado armas nucleares.

Se podría solucionar estos y otros conflictos. Persisten porque la comunidad internacional, a pesar de esfuerzos intermitentes, ni ha efectuado las inversiones necesarias, ni se ha armado de la determinación necesaria para hallarles solución.

Las encrucijadas

Estas amenazas, como las amenazas nucleares a las que me he referido anteriormente, siguen enconándose y exigen actuar con apremio.

A mi juicio, hay dos opciones. Un camino conduce a lo que algunos autores llaman un "choque entre civilizaciones", un enfrentamiento basado en la etnia, la raza o la religión. Sea cual fuere su causa, es una sombría visión del futuro.

La segunda opción consiste en trabajar en pro de la instauración de una "aldea mundial", un mundo en el que todos los pueblos y todos los países reconozcan su comunidad de destino en tanto que vecinos en un planeta compartido, que comparten unos valores básicos y están dotados de iguales derechos y oportunidades.

Las oportunidades

No es demasiado tarde para elegir la segunda opción. Permítanme que exponga a grandes rasgos algunas estrategias y algunos requisitos previos referentes a cómo podemos avanzar en esa dirección.

En primer lugar, deberíamos perseguir estrategias enderezadas no sólo a crear riqueza, sino también a compartir la riqueza del planeta más equitativamente. Según un estudio reciente de la Universidad de las Naciones Unidas, en el año 2000, el 1% más rico de la población del mundo poseía el 40% de los bienes del planeta. En cambio, la mitad más pobre de la humanidad apenas poseía el 1% de la riqueza mundial.

Se podría adoptar medidas prácticas para corregir estas desigualdades. Además de aumentar la asistencia, podríamos hacer mucho para establecer "reglas de juego" uniformes y que nadie partiese en situación de desventaja. Todos los años, la Unión Europea, los Estados Unidos y el Japón gastan en total 260 000 millones de dólares en subvenciones agrícolas. Con ello, se consigue que los campesinos de los países pobres queden excluidos de una competencia comercial leal.

Los habitantes de los países en desarrollo están deseosos de salir por sí mismos de la pobreza gracias al comercio. Se les debería dar la oportunidad de hacerlo.

Una estrategia conexa con lo anterior consiste en invertir en más ciencia y tecnología avanzadas para satisfacer las necesidades de desarrollo. Logros de vanguardia en campos como los de la nanotecnología, la biotecnología y la tecnología de la información encierran esperanzas sin precedentes. Mas las inversiones en tecnología normalmente están al dictado de los mercados, de manera que la innovación suele emplearse primordialmente para satisfacer las necesidades de los países desarrollados. Los países en desarrollo perciben muchas veces beneficios escasos. Habría que poner más el acento en la innovación científica y tecnológica que puede atajar los problemas de las partes pobres del mundo. Los medicamentos contra el paludismo y otras enfermedades de los países en desarrollo son sólo un ejemplo. No existen porque no son inversiones "rentables".

Crear capacidades en ciencia básica y tecnología es un requisito previo indispensable para ayudar a los países en desarrollo a satisfacer necesidades básicas - mejorar el acceso a los alimentos, el agua, la energía, la atención de salud, la vivienda y la educación. En el OIEA, muchas de nuestras actividades tienen por finalidad crear capacidades en nuestros Estados Miembros utilizando técnicas nucleares avanzadas para el desarrollo humano.

Voy a darles un ejemplo.

La seguridad alimentaria es uno de los problemas más difíciles de los países pobres. Para estimular la producción agrícola hace falta obtener variedades de cultivos mejoradas, aplicar medidas eficaces de lucha contra las plagas, aumentar la fertilidad del suelo y mejorar la ordenación de los suelos y los recursos hídricos.

En el marco de proyectos nacionales y regionales, el OIEA ayuda a los científicos y campesinos de esos países con técnicas nucleares que apoyan el logro de todas esas metas. No se busca únicamente impulsar la producción de alimentos, sino sostenerla al tiempo que se preserva el medio natural.

En los cinco años últimos, sólo en África se han difundido seis variedades nuevas de cultivos: plantas de mayor rendimiento, mayor contenido nutritivo y características que las hacen más resistentes a entornos inclementes, variedades nuevas de sésamo en Egipto, yuca en Ghana, trigo en Kenya, banano en el Sudán y mijo africano y algodón en Zambia.

La seguridad alimentaria es sólo un aspecto de la asistencia que presta el OIEA. También ayudamos a los países a adquirir capacidad nuclear avanzada para gestionar sus recursos de aguas freáticas, combatir las enfermedades, mejorar la nutrición, impulsar la productividad industrial y proteger el medio ambiente.

La energía es también un factor primordial del desarrollo. Casi todos los aspectos del desarrollo humano dependen en enorme medida de la existencia de acceso seguro a servicios de energía modernos..

Y el panorama actual es, una vez más, de pasmoso desequilibrio. Cerca de 1 600 millones de personas - la cuarta parte de la población del mundo - no tiene el menor acceso a electricidad. Unos 2 400 millones utilizan todavía la biomasa para cocinar y calentarse.

Para que vean cómo están realmente las cosas, les diré lo siguiente: en países con escasa energía como Etiopía y Eritrea, el consumo por persona de electricidad asciende a unos 50 kilovatios-hora al año. Esta cantidad equivale a una disponibilidad media de unos 6 vatios por cada ciudadano, menos de la necesaria para hacer funcionar una computadora personal. En cambio, aquí en España se consume, en promedio, 5 200 kilovatios-hora por persona al año, es decir, una cantidad cerca de 100 veces mayor.

En cuanto a la industria nuclear, un elevado porcentaje de los 442 reactores nucleares de potencia que funcionan actualmente se halla en países industrializados. En cambio, 16 de los 29 reactores nuevos en curso de construcción están en países en desarrollo.

Cada vez hay más países en desarrollo que muestran interés por la energía nucleoeléctrica. En el OIEA, ayudamos a nuestros miembros a adquirir capacidades para que gestionen adecuadamente el desarrollo del sector de la energía. Nuestro objetivo no es promover la energía nucleoeléctrica, pues, a decir verdad, en muchos casos la energía nuclear no es la opción preferible; antes bien, buscamos promover la explotación sostenible de las fuentes de energía que existen a disposición de cada país y aumentar el acceso a servicios de energía asequibles.

Mas también hay que proteger de un uso indebido a la ciencia y la tecnología avanzadas. En el terreno de la energía nuclear, hay que fortalecer varios aspectos.

En cuanto a la seguridad nuclear, nuestra prioridad más elevada debe ser detener el tráfico ilícito de materiales nucleares y radiológicos. Para ello será preciso completar la labor en curso para dotar de plena seguridad a las instalaciones en situación de riesgo en las que se utilizan o almacenan esos materiales. También habrá que mejorar la capacidad de las fuerzas policiales y guardias de fronteras para detectar los intentos de contrabando. Habrá que limitar la utilización de la energía nuclear en el sector civil al combustible de uranio poco enriquecido, que no se presta tan fácilmente a usarlo para fabricar armas.

Además, deberíamos establecer un mecanismo para garantizar el suministro de combustible nuclear a los usuarios de buena fe. De ese modo, desaparecería la motivación — y la justificación — para que cada país posea capacidad para enriquecer uranio o separar plutonio. En el OIEA estamos trabajando en la concepción de ese mecanismo, mediante la creación de un banco internacional de reserva de combustible. A más largo plazo, el objetivo sería poner todas esas operaciones bajo control multinacional.

Hay que fortalecer al propio OIEA. Nosotros desempeñamos un papel esencial en la verificación de que las actividades nucleares tienen exclusivamente fines pacíficos. Mas nuestras facultades de verificación varían de un país a otro. El denominado protocolo adicional - un mecanismo concebido y puesto en aplicación a mediados del decenio de 1990 a raíz de que se descubriera el programa nuclear clandestino del Iraq - da a los inspectores del Organismo un mejor acceso a los materiales y las actividades nucleares no declarados. Pero todavía no está en vigor en más de 100 países. Debemos hacerlo universal.

Nuestros recursos financieros no dan más de sí. El presupuesto del OIEA para verificación - los fondos con los que se espera que inspeccionemos actividades nucleares en todo el mundo - asciende a unos 130 millones de dólares. Esta cantidad es muy inferior a la que requieren nuestras responsabilidades y necesidades cada vez mayores.

Si dispusiéramos de más fondos, podríamos adquirir muchas más imágenes de satélites. Podríamos reforzar nuestros laboratorios con capacidades de vanguardia, como el análisis de partículas con trazas de fisión, que nos ayudan a rastrear y a localizar con precisión la índole de las actividades nucleares no declaradas, incluso mucho después de que hubiesen sido llevadas a cabo. Podríamos contratar más inspectores, adquirir mejores instrumentos y estaríamos más seguros de no quedarnos rezagados en el terreno de la tecnología.

Las realidades políticas de los últimos años han dejado claro que las inspecciones del OIEA pueden ser un elemento fundamental de decisiones acerca de la guerra y la paz. De ahí el que aumentar la eficacia del Organismo sea esencial para la seguridad internacional.

La comunidad internacional también tiene necesidad apremiante de que se aceleren los esfuerzos consagrados al desarme nuclear. El Tratado sobre la no proliferación de las armas nucleares obliga a sus Partes contratantes a celebrar negociaciones de buena fe sobre el desarme y negociaciones sobre "medidas eficaces relativas a la cesación de la carrera de armamentos nucleares en fecha cercana". Sin embargo, hoy día, 37 años después de que el Tratado entrara en vigor, prácticamente todos los Estados poseedores de armas nucleares están ampliando y modernizando sus arsenales de armas nucleares, ya bien entrado el siglo XXI. Algunos hacen incluso declaraciones sobre una posible utilización de las armas nucleares o la fabricación de armas nucleares más "utilizables". No es de extrañar, pues, que muchos Estados que no poseen armas nucleares ya no estén dispuestos a creer que los Estados que sí las poseen asumen el compromiso de cumplir las obligaciones que el TNP les impone en materia de desarme.

Lo que los Estados que tienen armas nucleares no toman nunca en cuenta es las consecuencias de sus acciones. Tanto si optan por seguir depositando su confianza en las armas nucleares como si renuncian a ellas y avanzan hacia el desarme, sus decisiones - su liderazgo - influirán enormemente en las decisiones y acciones de otros países.

Cada una de las estrategias que he expuesto hasta ahora contribuirá a reducir las amenazas e inseguridades ahora existentes. Cada una de ellas es una medida absolutamente necesaria para fomentar la paz mundial.

Pero, como dije al comienzo, sólo lograremos edificar una "aldea mundial" si empezamos a elaborar un nuevo paradigma de la seguridad. Un sistema en el que ningún país, ni grupo de países, tenga que basar su seguridad en la posesión de armas nucleares. Un sistema con mecanismos mundiales eficaces de solución de conflictos. Un sistema en el que se dé la prioridad y la atención que merecen a tensiones enconadas, como las de Oriente Medio y la península de Corea. Un sistema que sea equitativo, integrador y eficaz.

Pero, por encima de todo, un sistema centrado en la gente. Tengo el convencimiento de que, para alcanzar una paz duradera, nuestro sistema de seguridad mundial debe centrarse en alcanzar la "seguridad humana". La comunidad internacional debe estar dispuesta a defender la vida, la libertad y la dignidad de todas las personas - en todo momento y en todo lugar -, lo mismo si las agrede una fuerza de ocupación que si lo hace un dictador sin escrúpulos.

No es sólo un imperativo moral, sino una condición previa indispensable de nuestra propia seguridad. Si vemos los conflictos a través del lente de la seguridad humana, y no meramente como cuestión de "soberanía estatal", advertiremos enseguida lo beneficioso que es hallar soluciones mediante el diálogo en vez de la fuerza. Ha llegado el momento de dejar de pensar que el diálogo es la recompensa por un buen comportamiento y de reconocer, en cambio, que es un instrumento esencial para lograr ese comportamiento. Mi actual enemigo muy bien podría ser mañana mi asociado. Tendremos que compartir recursos, combatir los problemas medioambientales y de salud que a todos nos aquejan e interactuar unos con otros en muchos planos. Conciliando nuestras diferencias, creamos el entorno necesario para una paz duradera y una cooperación en el futuro.

Conclusión

De un país a otro y de una región a otra región - o mismo si venimos del Norte que del Sur, si gozamos de riquezas o somos pobres y trabajamos penosamente, si hablamos español o mandarín, si nos consideramos árabes o judíos - sean cuales fueren nuestros orígenes, ideologías o posiciones sociales, somos mancomunadamente los custodios de este planeta. Muchas de las amenazas que debemos afrontar tienen origen en los seres humanos, son resultado de sus decisiones, de su ingenio mal encaminado.

Pero todavía no se ha escrito el último capítulo de nuestra civilización. Creo firmemente que aún es posible volver la página y que comencemos de nuevo, fortalecidos gracias a los valores que compartimos y vueltos más sensatos por las tragedias de nuestra historia.

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